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—Abróchate el cinturón.

Le sonrío y hago lo que me ha dicho.

Mientras el avión se encamina a la pista, nos bebemos el champán sonriéndonos bobaliconamente. No me lo puedo creer. Con veintidós años por fin voy a salir de Estados Unidos para ir a Europa, a Londres para ser más exactos.

Después de despegar Natalia nos sirve más champán y nos prepara el banquete nupcial. Y menudo banquete: salmón ahumado seguido de perdiz asada con ensalada de judías verdes y patatas                                 dauphinoise, todo cocinado y servido por la tremendamente eficiente Natalia.

—¿Quiere postre, señor Grey? —le pregunta.

Niega con la cabeza y se pasa un dedo por el labio inferior mientras me mira inquisitivamente con una expresión oscura e inescrutable.

—No, gracias —murmura sin romper el contacto visual conmigo. Cuando Natalia se retira, sus labios se curvan en una sonrisita secreta.

—La verdad —vuelve a murmurar— es que había planeado que el postre fueras tú. Oh… ¿aquí?

—Vamos —me dice levantándose y tendiéndome la mano. Me guía hasta el fondo de la cabina.

—Hay un baño ahí —dice señalando una puertecita, pero sigue por un corto pasillo hasta cruzar una puerta que hay al final.

Vaya… un dormitorio. Esta habitación también es de madera de arce y está decorada con colores crema. La cama de matrimonio está cubierta de cojines de color dorado y marrón. Parece muy cómoda.

Christian se gira y me rodea con sus brazos sin dejar de mirarme.

—Vamos a pasar nuestra noche de bodas a diez mil metros de altitud. Es algo que no he hecho nunca. Otra primera vez. Me quedo mirándole con la boca abierta y el corazón martilleándome en el pecho… el

club de la milla. He oído hablar de él.

—Pero primero tengo que quitarte ese vestido tan fabuloso.

Le brillan los ojos de amor y de algo más oscuro, algo que me encanta y que despierta a la diosa que llevo dentro. Empiezo a quedarme sin aliento.

—Vuélvete. —Su voz es baja, autoritaria y tremendamente sexy.

¿Cómo puede una sola palabra encerrar tantas promesas? Obedezco de buen grado y sus manos suben hasta mi pelo. Me va quitando las horquillas, una tras otra. Sus dedos expertos acaban con la tarea en un santiamén. El pelo me va cayendo sobre los hombros, rizo tras rizo, cubriéndome la espalda y sobre los pechos. Intento quedarme muy quieta, pero deseo con todas mis fuerzas su contacto. Después de este día tan excitante, aunque largo y agotador, le deseo, deseo todo su cuerpo.

—Tienes un pelo precioso, Ana. —Tiene la boca junto a mi oído y siento su aliento aunque no me toca con los labios. Cuando ya no me quedan horquillas, me peina un poco con los dedos y me masajea suavemente la cabeza.

Oh, Dios mío… Cierro los ojos mientras disfruto de la sensación. Sus dedos siguen recorriendo mi pelo y después me lo agarra y me tira un poco para obligarme a echar atrás la cabeza y exponer la garganta.

—Eres mía —suspira. Me tira del lóbulo de la oreja con los dientes. Yo dejo escapar un gemido.

—Silencio —me ordena.

Me aparta el pelo y, siguiendo con un dedo el borde de encaje del vestido, recorre la parte alta de mi espalda de un hombro a otro. Me estremezco por la anticipación. Me da un beso tierno en la espalda justo encima del primer botón del vestido. Continue reading “Descargar 50 Sombras liberadas Word Doc” »